Estereotipos de Género

Introducción

La mayoría de análisis comienzan realizando una distinción entre sexo y género, ya que el uso erróneo de ambos términos ha sido objeto de debate. Se utiliza el concepto sexo para referirse a las características biológicas asociadas a cada una de las dos categorías sexuales, y más recientemente como clasificación de las personas basándose en las categorías demográficas de hombres y mujeres, y el concepto género para referirse a las características psicosociales que se asignan diferencialmente a hombres y mujeres, y más recientemente para referirse a los juicios o inferencias sobre los sexos, como estereotipos, roles, masculinidad y feminidad…

Algunas Cuestiones Básicas sobre los Estereotipos de Género

Los primeros trabajos en ofrecer apoyo empírico a la existencia de los estereotipos de género tras seguir un procedimiento particular obtuvieron finalmente un listado de 122 adjetivos bipolares (ej: dominancia vs. sumisión). Posteriormente, otro grupo de participantes debía indicar el grado en que esos 122 adjetivos bipolares eran aplicables a un hombre típico, a una mujer típica y a sí mismos. Los resultados revelaron que 41 rasgos fueron seleccionados por más del 75% de la muestra como rasgos que diferenciaban claramente a mujeres y hombres (29 de los hombres y 12 de las mujeres).
Los estereotipos de género son un conjunto de creencias compartidas socialmente acerca de las características que poseen hombres y mujeres, que se suelen aplicar de manera indiscriminada a todos los miembros de uno de estos dos grupos. Ej de estereotipo femenino: las mujeres son emocionales, débiles, sumisas, dependientes, comprensivas… Estos rasgos no quieren decir que hombres y mujeres sean así, sólo que son percibidos así.
Estos estereotipos se han agrupado en diferentes dimensiones, una de ellas es la llamada comunión/agencia. Normalmente consideramos que las mujeres tienen más cualidades comunales (emocionales, afectivas…) y los hombres más cualidades agénticas (independientes, competitivos, ambiciosos…). Esta distinción surge de la realizada por Parsons y Bales entre instrumentalidad/expresividad. Se considera instrumental todo lo relacionado con la productividad, eficacia, autonomía, independencia y competición. Lo expresivo se refiere a todo lo relacionado con factores afectivo/emocionales y relacionales, así como al mantenimiento de la cohesión grupal. Así, la dimensión femenina de los estereotipos de género se llama comunal o expresiva, y la masculina agéntica o instrumental.
Uno de los instrumentos más utilizados para medir la autoasignación o heteroasignación de rasgos expresivo-comunales e instrumentales-agentes es el Bem Sex Role Inventory (BSRI) de Sandra Bem. Consta de 60 ítems: 20 adjetivos instrumentales (socialmente deseables para hombres), 20 expresivos (socialmente deseables para las mujeres) y 20 neutros. Éste fue el primer instrumento que pretendía medir la masculinidad-instrumentalidad y la feminidad-expresividad como dos dimensiones independientes, ya que el modelo clásico concebía la unidimensionalidad bipolar del constructo masculinidad-feminidad. Es decir, se suponía que las personas masculinas no podían ser femeninas y a la inversa.
Pero a pesar de su impacto, difusión y aplicación, se le hacen tres críticas: su posible desfase debido a la evolución cultural de las sociedades occidentales, estar compuesto sólo por rasgos positivos y la influencia de las diferencias culturales entre EEUU y el resto de países. Después hubo un estudio con una muestra representativa de la población española que sirvió para elaborar una versión reducida del BSRI. Esta versión, además de presentar la ventaja de incluir los rasgos estereotípicamente masculinos y femeninos en nuestra sociedad, añade nuevos rasgos negativos atribuidos tradicionalmente a las mujeres y a los hombres en nuestra cultura. En este estudio de López-Sáez, la tarea de los participantes consistía en indicar la proporción de mujeres y hombres que, a su juicio, poseían o mostraban cada uno de 20 rasgos. Para conocer si un rasgo era estereotípicamente masculino o femenino se calculaba la razón diagnóstica (dividir para cada participante y cada rasgo el porcentaje de hombres a los que se les atribuía un rasgo por el porcentaje de mujeres a las que se les asignaba ese mismo rasgo). Se obtuvieron ocho rasgos estereotípicamente masculinos y nueve femeninos.

Rasgos estereotípicamente masculinos y femeninos en la sociedad española

Rasgos instrumentales/agentes
(Estereotípicamente masculinos)
Rasgos expresivos/comunales
(Estereotípicamente femeninos)
Atlético, deportivoCariñosa
Personalidad fuerteSensible a las necesidades de los demás
Desea arriesgarse, amante del peligroComprensiva
Agresivo, combativoCompasiva
Actúa como líderCálida, afectuosa
IndividualistaTierna, delicada, suave
DuroAmante de los niños
Egoísta Llora fácilmente
Sumisa

Así, a partir de las puntuaciones obtenidas, las personas eran clasificadas en una de las siguientes categorías: masculina, femenina, andrógina o indiferenciada. Sin embargo Spence señaló que no se puede medir la identidad de género basándose exclusivamente en dos tipos de rasgos de personalidad (expresivo-comunales e instrumentales-agentes). Defiende que la masculinidad y feminidad son conceptos multidimensionales, en lo s que intervienen múltiples factores. No obstante, la tipología derivada de la escala BSRI se ha utilizado para explicar diferencias individuales en conducta.

Las Dimensiones Descriptiva y Prescriptiva de los Estereotipos de Género

La dimensión descriptiva de los estereotipos son las características que se adscriben a hombres y mujeres y son también las que se consideran deseables y se esperan de hombres y mujeres. Desde el momento en que un perceptor categoriza a una persona como hombre o mujer, le aplica de manera casi automática las características asociadas a su categoría de género. La dimensión prescriptiva de los estereotipos indica cómo deberían comportarse hombres y mujeres. Ej: la creencia estereotípica de que las mujeres son cálidas, comprensivas o cariñosas está relacionada con una prescripción societal acerca de que ellas deben ser así. Según Fiske, esta dimensión refuerza la diferenciación de género, ya que dicha dimensión está compuesta por atributos femeninos que caracterizan a subgrupos de mujeres tradicionales (ej: amas de casa) pero no por atributos masculinos que caracterizan a subgrupos de mujeres (ej: feministas).
Burgess y Borgida, en su análisis de estas dimensiones, demuestran que, aunque ambas están relacionadas, son constructos distintos que dan lugar a discriminación a través de procesos diferentes. Sus principales conclusiones son que los aspectos descriptivos de los estereotipos de género dan lugar a una forma de discriminación “fría” que no está tan basada en los prejuicios de género. Suele producirse sin hostilidad y sin intención abierta de discriminar. Por contra, los aspectos prescriptivos de los estereotipos de género dan lugar a una discriminación intencional hacia las mujeres que transgreden las prescripciones de su rol de género. Es un tipo de discriminación “caliente” relacionada con la amenaza percibida por los hombres y posee una fuerte carga emocional.
Prentice y Carranza amplían el estudio de la dimensión prescriptiva. Primero, no se centran únicamente en los rasgos positivos que se supone que las personas tienen en virtud de su género, sino que incluyen también rasgos negativos. Segundo, distinguen para cada género los rasgos sobre los que existen fuertes imperativos societales de los rasgos para los que existen imperativos societales relajados. Para ello, utilizan la deseabilidad general de cada rasgo como base con la que comparar su deseabilidad específica para cada género. Este análisis genera 4 categorías de rasgos para cada género en lugar de un único listado de rasgos prescriptivos:

Categorías de rasgos para las mujeres (Prentice y Carranza)
  • Prescripciones intensificadas: rasgos con elevada deseabilidad en general y mayor deseabilidad para las mujeres (amantes de los niños, sensibles…)
  • Prescripciones relajadas: rasgos con elevada deseabilidad en general y menor deseabilidad para las mujeres (inteligentes, maduras…).
  • Prescripciones relajadas: rasgos con baja deseabilidad en general y mayor deseabilidad para las mujeres (complacientes, emocionales).
  • Prescripciones intensificadas: rasgos con baja deseabilidad en general y menor deseabilidad para las mujeres (rebeldes, obstinadas).
Este esquema aborda la complejidad de la dimensión prescriptiva de los estereotipos de género y permite conocer mejor sus consecuencias. Ej: las reacciones que genera la violación de las prescripciones estereotípicas no tienen que ser siempre negativas. Si estas violaciones demuestran androginia en lugar de desviación pueden dar lugar a evaluaciones positivas.

Componentes de los Estereotipos de Género

Hay 4 componentes que las personas usan para diferenciar a los hombres de las mujeres: la estereotipia de rasgo, es la abordada hasta el momento. Es la referida a todas las características que se considera que definen de forma diferente a hombres y mujeres. La estereotipia de rol, incluye las actividades que se consideran más apropiadas para hombres y mujeres. Mujeres: cuidar de los hijos…, y hombres: trabajar fuera de casa…, las ocupaciones, ej: la peluquería y la estética se consideran actividades femeninas y la mecánica típicamente masculina y los rasgos físicos, los que se consideran más característicos de las mujeres, como la voz suave, y los masculinos, más altos, más fuertes, voz grave…
Estos componentes son relativamente independientes, pero basándose en uno de ellos, las personas extienden sus juicios a los otros tres. Así, la información sobre componente afecta al resto, ya que las personas tratan de mantener consistencia entre ellos. Ej: si nos dicen que un hombre se encarga de las tareas del hogar y del cuidado de los hijos, es probable que le describamos como una persona emocional y sensible.

Dos estudios realizados en España sobre distintos componentes de los estereotipos de género

Estudio de López-Sáez y Morales (1995)
Se investigaban los componentes de rasgo y los de rol.
La estereotipia de rol se midió a través de una escala de 15 ítems. (¿Debe ser el padre o la madre quien pida permiso en el trabajo para cuidar a su hijo enfermo?).
Se encontraron diferencias en estereotipia de rasgos.
También se halló la existencia de estereotipia de género en el ámbito de los roles sociales.
Así, se consideraba que las mujeres debían dedicarse a cuidar de los niños y realizar labores domésticas, y los hombres al trabajo asalariado fuera de casa.
Un resultado interesante fue la influencia de tres variables: edad, hábitat y sexo, en la estereotipia de rol, pero no en la de rasgos.
Finalmente, el trabajo demostró que no existía relación entre los dos tipos de estereotipia.

Estudio de Moya y Pérez (1990)
Más de mil hombres y mujeres indicaron el grado en el que consideraban que 98 atributos eran característicos de un hombre o de una mujer promedio.
Los resultados pusieron de manifiesto que:
  • Las imágenes de hombres y mujeres eran semejantes en lo concerniente a características físicas y de personalidad.
  • Se consideraba que hombres y mujeres desempeñaban diferentes roles y ocupaciones.
Sobre el Origen, Naturaleza y Funciones de los Estereotipos de Género

Hay dos explicaciones predominantes para saber cómo y para qué surgen las creencias arraigadas socialmente sobre hombres y mujeres: la Teoría del rol social y la hipótesis de la racionalización. La Teoría del rol social (Eagly) dice que la desigual distribución de hombres y mujeres en diferentes roles sociales, principalmente ocupacionales y familiares, confiere a sus ocupantes características acordes con el rol y provoca la existencia de distintas expectativas hacia ellos. Desde este planteamiento, el contenido agéntico del estereotipo masculino deriva del desempeño de los hombres de roles típicos en determinadas parcelas de la sociedad y la economía, y el contenido comunal del estereotipo femenino procede del desempeño de las mujeres del rol doméstico y de roles ocupados desproporcionadamente por éstas. Ej: secretaria, maestra, enfermera… Es decir, se supone que hombres y mujeres poseen rasgos adaptados a los roles que normalmente ocupan.
Según esto, las diferencias entre hombres y mujeres en conducta social estarían causadas fundamentalmente por la tendencia de las personas a comportarse de modo consistente con las expectativas asociadas a sus roles de género. Estas expectativas provocarían que hombres y mujeres se especializaran en distintos aspectos: los hombres en controlar su ambiente y obtener resultados tangibles, como la finalización de la tarea, y las mujeres en aspectos orientados a las relaciones sociales, como la preocupación por los sentimientos de los demás.
La Hipótesis de la racionalización, formulada por Hoffman y Hurst va por otro camino. Los autores proponen que los estereotipos de género surgen como un intento de racionalizar, justificar o explicar la división sexual del trabajo. Probablemente la razón que mejor permita explicar esto es la simple suposición de que existen diferencias inherentes entre hombres y mujeres que llevan a que cada sexo encaje mejor en su rol tradicional. Ej: “las mujeres cuidan de los niños, y esto es así porque ellas son por naturaleza más amables, delicadas y sensibles”. Estas diferencias son asumidas por hombres y mujeres y predisponen a los sexos a desarrollar distintos rasgos de personalidad, aunque también reconocen que la educación y otros factores pueden aumentar esas tendencias, suprimirlas o incluso invertirlas en casos excepcionales.
Según los autores, esta hipótesis evita dos problemas importantes de la teoría de Eagly. Por una parte, predice y explica el hecho de que los estereotipos se apliquen a los dos sexos en general, incluyendo a los niños, no sólo a las personas que ocupan roles masculinos y femeninos tradicionales, por otra, explica cómo los atributos que se consideran deseables para los ocupantes de los roles masculinos y femeninos tradicionales llegan a asociarse con hombres y mujeres en general y por qué ocurre esto.
Así, los estereotipos sirven para regular la sociedad y asignar a cada miembro de ella su papel, contribuyendo a mantener el statu quo y las relaciones de poder. Asimismo, los estereotipos de género responden a la necesidad de encontrar una explicación psicológica a los hechos sociales. De este modo, racionalizamos las relaciones injustas entre hombres y mujeres aludiendo a diferencias en características, justificando con ello por qué se dan conductas discriminatorias. Ej: si nos preguntamos por qué hay tan pocas mujeres directivas, una respuesta estereotipada sería porque carecen de las cualidades que se requieren para desempeñar estos puestos.
Williams y Best también formularon una explicación funcional sobre la naturaleza de los estereotipos de género. Para ellos existen dos aspectos en estos estereotipos, uno de diferenciación: los roles de género diferenciados y la división del trabajo entre hombres y mujeres es un modo eficaz de afrontar los retos de la vida, y otro de legitimación: a la vez resulta adaptativo para la sociedad legitimar esa diferenciación.
Burgess y Borgida destacan funciones diferenciadas para el componente descriptivo y el prescriptivo de los estereotipos de género. Según ellas, el componente descriptivo tiene una función cognitiva, actúa organizando y estructurando el flujo de información sobre hombres y mujeres al que hacemos frente diariamente. En cambio, el componente prescriptivo está relacionado con intereses motivacionales. Puede servir para mantener o reforzar la estructura de poder social existente que favorece a los hombres, recompensando a las mujeres que se conforman a los roles de género tradicionales y sancionando a las mujeres y a los hombres que violan esas prescripciones.
Por tanto, los estereotipos de género, al igual que el resto de los estereotipos, simplifican el procesamiento de la información a través de la categorización, lo que posibilita una evaluación rápida sobre una persona, grupo o situación. En este sentido son positivos. Sin embargo, las interpretaciones pueden ser imprecisas o sesgadas, ya que se pierden características individuales. Así, pueden considerarse positivos en cuanto a representación esquemática de la realidad, pero no debemos olvidar que sirven a funciones sociales, como la justificación del statu quo, por lo que se convierten en elementos discriminatorios y de resistencia al cambio.
En definitiva, los estereotipos pueden ser precisos y útiles. Esto no significa que sean siempre ni frecuentemente precisos ni que su uso no sea negativo. Suelen ser exageraciones y generalizaciones que pueden ocasionar problemas para los miembros del grupo estereotipado.

La polémica sobre el origen de las diferencias de género (Elena Gaviria Stewart)

Es evidente que los hombres y las mujeres somos diferentes, pero ¿de dónde vienen esas diferencias? Podemos responder a esta pregunta de dos formas: la más frecuente es apelar a causas inmediatas, los que nos llevaría a hablar del proceso de socialización y a procesos fisiológicos de tipo hormonal. La segunda se refiere al origen de esas diferencias. Existe una controversia acerca de cómo surgieron en nuestra especie las diferencias psicológicas. Por un lado está la tendencia de los psicólogos sociales, representados por Alice Eagly y Wendy Word y por otro, los psicólogos evolucionistas, donde destaca David Buss.

Teoría de los roles sociales o Teoría biosocial (Eagly y Wood). Según esta teoría el origen de las diferencias de género está en la necesidad de cooperación entre los miembros del grupo para la supervivencia y la estrategia más eficaz es la división del trabajo entre los individuos en función de sus capacidades y características.
  • Los hombres son más fuertes y rápidos, por tanto más competentes para la caza.
  • Las mujeres dan a luz y amamantan a los hijos y su contribución es más eficaz en tareas que no exigen alejarse demasiado del lugar de asentamiento.
Esta distribución del trabajo dio lugar a roles diferentes para cada sexo, lo que provocó diferencias psicológicas entre hombres y mujeres por la necesidad de adaptarse a las expectativas ligadas a esos roles. Estas diferencias se han ido transmitiendo de padres a hijos a través del proceso de socialización.

Psicología Evolucionista (Buss). Postula que el origen de las diferencias de género está en la acción de la selección sexual, que explica tanto las diferencias físicas como las diferencias psicológicas. Como se vio, según la Teoría de la selección sexual de Darwin, los sexos se enfrentan a distintos problemas a la hora de luchar por aumentar su eficacia biológica, lo que provoca un conflicto de intereses entre ellos:
  • Para los machos, lo más rentable es atraer al mayor número de hembras fértiles y copular con ellas.
  • Las hembras necesitan ser muy selectivas para encontrar un macho con una buena dotación genética, capaz de protegerlas a ellas y a sus hijos de otros machos.
La necesidad de hacer frente a esas situaciones constantemente a lo largo de la historia evolutiva de la especie ha dado lugar a una serie de adaptaciones, en forma de mecanismos psicológicos innatos especializados en resolver esos problemas concretos.

Diferencias entre las dos teorías. La Teoría biosocial propone un origen basado en la interacción entre atributos físicos y conductas relacionadas con ellos, y factores contextuales de tipo social, económico y ecológico por otro. La Psicología evolucionista plantea que hombres y mujeres difieren sólo en los ámbitos en que han tenido que afrontar problemas adaptativos distintos a lo largo de la historia de la especie, sin que esas diferencias conlleven ninguna connotación de superioridad o inferioridad. La controversia entre los dos enfoques no reside en contraponer naturaleza frente a crianza, o determinismo genético frente a ambiental: la Psicología evolucionista reconoce el papel del ambiente como activador y modulador de los mecanismos heredados, y la Teoría biosocial admite que las diferencias biológicas que dieron lugar a la división del trabajo tienen un origen evolucionista.

El fenómeno del patriarcado. Según la Teoría biosocial, el patriarcado se produjo porque determinados desarrollos societales como la guerra y las actividades de producción que contribuyen a la acumulación de poder y a un mayor estatus social, están muy alejados de la actividad doméstica a la que se vio relegada la mujer por sus actividades reproductoras. En las sociedades patriarcales existe un intenso esfuerzo socializador para lograr que los niños y niñas sean psicológicamente diferentes, de forma que cuando sean adultos las mujeres se acomoden a sus roles más subordinados y los hombres a los más dominantes.
Según la Psicología evolucionista son las adaptaciones de los hombres para la competición por el éxito reproductor y por la adquisición de recursos lo que les dio un papel preponderante en la guerra y el control de la tecnología y la producción. Algunos psicólogos evolucionistas sostienen que la raíz del patriarcado está en el control sexual de los hombres sobre las mujeres. Según ellos, las presiones de la selección sexual han hecho que los hombres estén especialmente preocupados por la paternidad, lo que les lleva a intentar controlar la sexualidad de las mujeres y a sentir celos sexuales.
En esta línea irían los resultados obtenidos en estudios que demuestran que aunque tanto los hombres como las mujeres sienten celos, las situaciones que los provocan son distintas para unos y otras. Así, a los hombres les resulta más amenazante que su pareja tenga relaciones sexuales con otro hombre, mientras que a las mujeres les afecta más que su pareja tenga relaciones de tipo afectivo con otra. Esto crearía un doble estándar, que restringe la libertad sexual de las mujeres más que la de los hombres
Wood y Eagly sostienen que la certeza sobre la paternidad sólo adquirió importancia cuando empezó a existir la herencia de la propiedad a través de la línea paterna, después de la aparición de la agricultura intensiva y la complejificación de la estructura social, y que el hecho de que en sociedades más simples esa preocupación no sea tan evidente demuestra que no se trata de una predisposición innata y universal.

Variaciones en el Contenido de los Estereotipos de Género: Diferencias Transculturales, Influencia del Contexto, Subtipos, Evolución Temporal

En una serie de estudios se halló que los estereotipos de hombres y mujeres eran más diferenciados en los Países Bajos, Finlandia, Noruega y Alemania, y los de menos diferencias fueron Escocia, Bolivia y Venezuela. Los estereotipos de hombres y mujeres eran más diferentes en países protestantes que en católicos (debido al rol más importante de las mujeres en la tradición católica), en países más desarrollados y en países más individualistas en valores relacionados con el trabajo masculino. No se hallaron efectos consistentes sobre la favorabilidad, es decir, en unos países el estereotipo masculino era más positivo y en otros lo era el femenino. Los análisis también revelaron la existencia de adjetivos asociados consistentemente a los hombres y mujeres en todas las culturas investigadas:
  1. Hombres, 6 adjetivos: aventurero, enérgico, dominante, independiente, masculino y fuerte.
  2. Mujeres, 3 adjetivos: sentimental, sumisa y supersticiosa.
Con estos resultados no podemos defender una consistencia transcultural. Hay que asumir que existen diferencias en los estereotipos entre diferentes culturas. Incluso también varían entre subgrupos dentro de una misma cultura y están ampliamente afectados por el contexto.
Los estudios de Monica Biernat inciden en cómo el contexto afecta a la aplicación de los estereotipos. Así, los resultados revelan que en lugar de mantener estereotipos globales de que las mujeres son menos competentes que los hombres, los perceptores evalúan la competencia en un contexto específico: los hombres son más competentes que las mujeres en tareas “masculinas”, y las mujeres son más competentes que los hombres en tareas “femeninas”. En las últimas décadas se ha pasado de considerar a los estereotipos como estructuras rígidas y rápidamente aplicables, a una visión de que los estereotipos son constructos flexibles, que están sujetos a cambios y a variaciones contextuales. Los estereotipos de género sirven como criterio de comparación. Es decir, un hombre es juzgado en relación a los hombres en general y lo mismo sucede con las mujeres.
Otra variación importante se refiere a la existencia de subtipos estereotípicos. Es decir, existen creencias sobre tipos particulares de hombres y mujeres. Ej: subtipos de mujeres como amas de casa, mujeres de carrera, sex-symbols… al igual que subtipos de hombres como deportistas, obreros, ejecutivos… Las dimensiones de afecto y competencia cumplen una función importante en la evaluación de los subtipos. En general, se caracteriza a los hombres como muy competentes pero poco afectivos, y a las mujeres como poco competentes pero muy afectivas. Estos investigadores también demostraron que aunque la competencia estereotípica de los hombres es admirada, estos rasgos, cuando se perciben en exceso, tienen un lado negativo.
Los estereotipos generales de hombres y mujeres sugieren un “cruce”: ser percibido como competente, pero no afectivo, o como afectivo, pero no competente. La competencia y la afectividad no son mutuamente excluyentes, pero cuando se trata de los estereotipos de género ambas dimensiones están negativamente relacionadas. Así, el estereotipo general de afectivas pero incompetentes de las mujeres es consistente con el subtipo de mujeres tradicionales, mientras que las percepciones de subtipos menos tradicionales básicamente invierten el estereotipo. En esencia, las mujeres no tradicionales son estereotipadas como poseedoras de personalidades masculinas, perdiendo afectividad femenina y ganando competencia. Como consecuencia, pierden el afecto dirigido a las mujeres tradicionales, aunque a la vez ganan respeto.
Respecto a la evolución en el contenido de los estereotipos de género, autoras como Spence señalas que los estereotipos de hombres y mujeres se han mantenido básicamente igual durante los últimos 30 años. Pero en un estudio de Moya y Pérez se encontró que mientras que el estereotipo de la mujer incluía rasgos asociados tradicionalmente a los hombres, no hubo ninguna característica tradicionalmente femenina que se asociase a los hombres. En general, parece que el estereotipo de la mujer comienza a incluir rasgos masculinos, mientras que el masculino no ha experimentado cambios importantes en las últimas décadas.

Efectos de los Estereotipos de Género

Según Bárbara Gutek, en la actualidad la investigación sobre los estereotipos de género ocupa un lugar central en el estudio de las mujeres y el mercado laboral. Concretamente, la investigación de los últimos 20 años ha puesto de manifiesto que los estereotipos son uno de los mecanismos principales que explican muchas de las experiencias de las mujeres en el mercado laboral.

El Acceso Diferencial de las Mujeres a Puestos Directivos

Existen ámbitos donde el principio de igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres aún no es un hecho. Uno de los ejemplos es el diferente grado de ocupación de puestos de responsabilidad por parte de hombres y mujeres en distintos ámbitos y organizaciones, que ocurre en casi todos los países. El término techo de cristal es utilizado para designar una barrera invisible que impide a las mujeres cualificadas, como grupo, alcanzar puestos de responsabilidad en las organizaciones en las que trabajan.
Para comprender cómo los estereotipos de género subyacen al techo de cristal es necesario introducir una idea clave. Nos referimos a la existencia de un estereotipo persistente que asocia la función directiva con cualidades estereotípicamente masculinas. Los trabajos de Virginia Schein pusieron de manifiesto que las características, actitudes y comportamientos asignados a las personas que desempeñan un puesto directivo coincidían con las asignadas a los hombres, y diferían de las asignadas a las mujeres. Estos resultados se han replicado en diferentes países, con diferentes muestras y en diferentes momentos, y en todos se ha demostrado que las mujeres poseen en menor medida las cualidades necesarias para el éxito directivo. Esto ha llevado a la autora a llamar a este fenómeno think manager-think male. No obstante observó un cambio en la percepción del liderazgo hacia una perspectiva más andrógina entre las mujeres en EEUU, lo que puede ser un barómetro de cambio.
Según el Modelo de falta de ajuste los aspectos descriptivos de los estereotipos de género facilitan que las mujeres sean peor evaluadas que los hombres porque las cualidades estereotípicamente femeninas no se ajustan a las cualidades necesarias para desempeñar eficazmente trabajos directivos. Esto genera expectativas de fracaso sobre el trabajo de las mujeres, y tales expectativas actúan como “profecías autocumplidas”. Así, aunque el trabajo de una mujer sea excelente, los evaluadores realizan distorsiones cognitivas que les permiten “ver lo que esperan ver”. Como consecuencia devalúan sus logros o atribuyen las causas de su éxito a factores diferentes a sus habilidades y capacidades, p. ej, la suerte.
Hay casos en los que el éxito de una mujer es innegable. Desafortunadamente los estereotipos de género de nuevo facilitan que las mujeres reciban peores evaluaciones que los hombres. Ahora es el componente prescriptivo el que interviene determinando cómo deberían ser las mujeres. Las mujeres competentes y que desempeñan con éxito ciertos trabajos masculinos muestran una conducta inconsistente con muchas creencias mantenidas socialmente acerca de la conducta femenina deseable.
Cuando las mujeres ocupan posiciones de prestigio y poderse encuentran en clara desventaja respecto a los hombres. Si existe alguna ambigüedad sobre su competencia, es muy probable que sean consideradas incompetentes, y si su competencia es incuestionables, suelen ser rechazadas socialmente.
La Teoría de congruencia de rol del prejuicio hacia líderes femeninas postula las dos formas de prejuicio derivadas de la incongruencia entre los estereotipos de género y el liderazgo. Según Eagly y Karau, la incongruencia percibida entre las características estereotípicamente femeninas y las del rol de liderazgo dan lugar a dos formas de prejuicio hacia las mujeres líderes. Por una parte se evalúa de forma menos favorable a las mujeres líderes que a los hombres líderes como resultado de la norma descriptiva de la mayor estereotipicidad masculina del liderazgo. Por otra, la conducta de liderazgo realmente desplegada por las mujeres se evalúa de forma menos favorable que la desplegada por los hombres. Esto es una norma prescriptiva: la conducta de liderazgo de las mujeres se considera menos deseable que la de los hombres. Este prejuicio surge de actitudes construidas en un contexto social particular. Así, hombres y mujeres tienden a ser víctimas de prejuicio en aquellos roles para los que se percibe que no están cualificados en función de cualidades estereotípicas de género.
La teoría también destaca los cambios que serían necesarios para fomentar el acceso de las mujeres a puestos de liderazgo:
  1. la redefinición de las cualidades requeridas para desempeñar roles de liderazgo: características andróginas y femeninas, no sólo masculinas; 
  2. la adopción por parte de las mujeres de atributos agénticos y otras cualidades masculinas consistentes con su entrada en el mercado laboral y 
  3. la utilización de las mujeres líderes competentes de estilos andróginos de liderazgo, para evitar la incongruencia entre los roles de liderazgo y del género femenino.
Dos estudios realizados por Dasqupta y Asgari revelan que las creencias estereotípicas automáticas de las mujeres sobre su endogrupo pueden ser socavadas si en un contexto concreto las mujeres ocupan roles de liderazgo contraestereotípicos de manera frecuente. Por tanto, sugieren que los cambios en los estereotipos de género automáticos, que demuestran sus estudios disminuirían la incongruencia entre los roles de liderazgo y los de género, aumentando de este modo el acceso de las mujeres a roles de liderazgo.

El Sexismo hacia las Mujeres

Los estereotipos de género legitiman y justifican la discriminación de las mujeres. El mejor exponente de la coexistencia de las nuevas y viejas formas de sexismo es la Teoría del sexismo ambivalente, según la cual el sexismo puede ser hostil y benévolo. El sexismo hostil: Hace referencia al sexismo tradicional, basado en la supuesta inferioridad de las mujeres como grupo, y el sexismo benevolente expresa un deseo por parte de los hombres de cuidar de las mujeres, protegerlas, adorarlas y “situarlas en un pedestal”. Es un tipo de prejuicio hacia las mujeres basado en una visión estereotipada y limitada de la mujer, pero con un tono afectivo positivo y unido a conductas de apoyo. Estas características aumentan la dificultad de detectarlo. Variables implicadas en el sexismo hostil y benévolo:
  1. El patriarcado, o poder estructural masculino. En las actitudes hacia las mujeres, la manifestación ideológica del patriarcado es el paternalismo, la justificación de la dominancia masculina. Tiene dos vertientes. El paternalismo dominante es la creencia de que los hombres deberían tener más poder que las mujeres y el consiguiente temor de que éstas puedan usurpar su poder. Esta expresión la podemos encontrar tanteen el ámbito público (discriminación en el trabajo) como en el privado (el hombre debe tomar las decisiones en la pareja). El paternalismo protector hace referencia a la percepción de que los hombres deben proteger y mantener a las mujeres que dependen de ellos. Esto se extiende a las creaciones de género, tanto públicas (las mujeres deben ser atendidas antes que los hombres en las emergencias) como privadas (el hombre de la casa es el protector de la familia).
  2. La diferenciación existente entre hombres y mujeres. Tiene dos componentes. La diferenciación de género competitiva es el componente hostil, y consiste en la creencia subyacente de que, como grupo, las mujeres son inferiores a los hombres en dimensiones relacionadas con la competencia. La diferenciación de género complementaria es el componente benévolo, y se basa en que los roles convencionales de las mujeres complementan y cooperan con los de los hombres. Así, el trabajo de las mujeres en la casa les permite a los hombres concentrarse en sus carreras. Las mujeres son el “mejor sexo”, pero sólo en roles convencionales de menor estatus.
  3. La heterosexualidad. También tiene un componente hostil y otro benévolo. La hostilidad heterosexual se basa en la categorización grupal, que produce favoritismo endogrupal y competición intergrupal, generando hostilidad hacia el exogrupo (las mujeres son “peligrosas y manipuladoras”). La intimidad heterosexual está basada en la complementariedad y cooperación intergrupal, que conducen a una mayor intimidad con el exogrupo. Tanto hombres como mujeres consideran que las mujeres son maravillas porque los rasgos comunales-expresivos asociados con las mujeres se consideran positivos.
El sexismo benevolente también es problemático por diversas razones:
  1. apoya el sistema sexista, 
  2. las evaluaciones positivas que elicita están dirigidas selectivamente hacia las mujeres que aceptan roles femeninos convencionales y 
  3. las creencias de las propias mujeres en el sexismo benevolente favorecen que ellas mismas acepten los actos sexistas, especialmente cuando las acciones discriminatorias están justificadas por motivos aparentemente benévolos (Ej: es para tu protección).
Estrategias para Afrontar la Ambivalencia

Según Glick y Fiske los sexistas resuelven la ambivalencia con dos estrategias. La primera estrategia consiste en dividir el objeto de actitud (la mujer) en múltiples objetos de actitud (subtipos de mujeres) a las que evalúan de modo diferente. Así, los sentimientos ambivalentes se resuelven dirigiendo afecto positivo y negativo hacia diferentes tipos de mujeres. De ese modo es psicológicamente consistente amar a algunas mujeres (ej: amas de casa) y despreciar a otras (feministas). El problema es que no todas las mujeres encajan fácilmente en estas categorías, además, es poco probable que la división de las mujeres en subtipos polarizados capte toda la esencia de las actitudes sexistas.
La segunda estrategia se pone en marcha cuando consideran un tipo específico de mujer. Distinguen entre diferentes dimensiones de evaluación (p. ej, competencia vs. afecto). Así las personas sexistas evalúan negativamente a las mujeres no tradicionales o poderosas, pero a la vez las respetan (aunque con antipatía) por ser competentes. Y a la inversa, a las mujeres tradicionales, a pesar de percibirlas de forma afectuosa, las evalúan como incompetentes. El estudio de Glick y cols. muestra dos resultados que apoyan la adopción de esta estrategia. Respecto a las mujeres de carrera, los sexistas hostiles las percibían competentes, profesionales y muy trabajadoras, pero también egoístas, frías y codiciosas. En el caso de las mujeres tradicionales, los sexistas hostiles las percibían con calidez y confianza, pero a la vez las percibían como incompetentes.
Ambas estrategias evitan la forma más disonante de ambivalencia, es decir, mantener actitudes conflictivas sobre el mismo tipo de mujer en una dimensión específica. Sin embargo, como la interacción ocurre con mujeres individuales, es bastante probable que los hombres sexistas experimenten sentimientos ambivalentes hacia mujeres en particular, especialmente hacia aquellas con las que mantienen relaciones más íntimas. El ejemplo más ilustrativo y extremo son los “períodos de luna de miel” que siguen a un acto de violencia de género.

Discriminación contra los Hombres

También los hombres sufren discriminación por motivos relacionados con el género. P. ej, cuando los padres se separan, la ley asume que es la madre la que cuidará y protegerá al hijo. Otro caso paradigmático lo constituye la Ley Integral contra la Violencia Doméstica. Esta ley adopta medidas como la mayor penalización para los hombres que para las mujeres por la misma conducta.

Conclusiones
  • Los estereotipos de género son un conjunto de creencias sociales referidas a rasgos de personalidad, roles, características físicas y ocupaciones que se aplican a hombres y mujeres de forma generalizada
  • Estas creencias son descriptivas y también debido al componente prescriptivo, las descripciones estereotipadas se convierten en normativas.
  • Los estereotipos de género pueden surgir de la observación de hombres y mujeres en diferentes roles sociales que les confiere distintas conductas y rasgos de personalidad, o, alternativamente, de un intento de racionalizar, justificar o explicar la división sexual del trabajo.
  • A pesar de su resistencia al cambio, pueden existir ciertas variaciones en el contenido de los estereotipos de género de un país a otros, de un contexto a otro.
  • Debido a los estereotipos de género, ser competente no asegura el avance de una mujer a la misma posición organizacional que un hombre con el mismo desempeño.
  • Los estereotipos de género sustentan el sexismo ambivalente.

Compartir